El rincón

Si hay alguien a quien relaciono con las cafeterías, es mi madre. Más o menos cuando cumplí catorce años, adquirimos esta costumbre de irnos juntas a tomar un café al menos una vez por semana para conversar de todo. ¿Un mal día? Vamos a una cafetería. ¿Antojo de dulce? Vamos a una cafetería. ¿Ya no podemos más con la dieta? Vamos a una cafetería. Por supuesto, llegamos a tener nuestros points.

Y así, durante mucho, mucho tiempo. Anécdotas de trabajo, debates sobre mi carrera, peleas absurdas madre-hija, tertulias sobre chicos, lecciones de vida, regaños, chistes, todo era válido cuando nos sentábamos frente a una bebida humeante y un postre.

Con el tiempo, me di cuenta de lo mucho que aprecio no solo el hecho de tomar café, sino el conjunto de la experiencia. El ambiente, la música, los detalles, los olores. Por eso, aquí planeo –si es que alguien llega a leerme, por supuesto- hablar no solo de la calidad de las bebidas o los dulces, sino de la calidad de la experiencia que puede representar ir a una cafetería y desconectarte un rato de todo lo demás, ya sea solo o en compañía.

Para eso, me centraré en describir mi experiencia, sí, pero también en darle puntajes a los locales basándome en todo aquello que a mí me gustaría saber sobre una cafetería: Si la atención es buena, si la comida es rica, si cumple con las tres Bs (bueno, bonito y barato), y -además- si aplica para una excelente foto en Instagram.

Por ello, sin más, bienvenida/o. Siéntate y disfruta.